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400 sacerdotes arropan la bendición de los santos óleos |
| 04.04.12 - M. DE LA VIEJA | |||
Numerosos fieles se dieron cita en la misa crismal en la Catedral, que rememora la Última Cena
La solemne procesión de sacerdotes y canónigos, por la plaza de Belluga, llamó la atención del público. :: NACHO GARCÍA / AGM La ceremonia se inició en el interior del Palacio Episcopal, del que salió la comitiva compuesta por unos cuatrocientos sacerdotes, procedentes de todos los pueblos de la Región, junto a canónigos y otras dignidades eclesiásticas. La procesión fue encabezada por la tradicional Cruz alzada de plata, junto a dos grandes velones, mientras que intercalado en el centro, un sacerdote portaba elevado en alto, un ejemplar de las Sagradas Escrituras. El obispo, revestido con su mitra y portando el báculo pastoral, cerró el cortejo. La procesión atravesó la plaza de Belluga, entre la curiosidad del público, que preguntaban por el motivo de tan solemne comitiva, y de que las campanas de la Torre repicaran alborozadas, convocando a todos los fieles. Una vez en el interior del templo, la comitiva fue por el trascoro hasta la entrada de la Vía Sacra, para irse situando los distintos sacerdotes dentro del altar mayor, y en los bancos situados expresamente para la ceremonia, a los lados de la nave principal. Muchos fieles se dieron cita en la misa para ver con sus propios ojos tan importante ritual, que es propio del Viernes Santo, puesto que se rememora la Última Cena, pero se adelanta al Martes Santo, para que los sacerdotes puedan atender los Santos Oficios en sus respectivas parroquias. El obispo antes de iniciar la eucaristía incensó el altar mayor donde después de la homilía se colocarían las cántaras de plata con los aceites y el perfume, para su bendición. La homilía fue también un momento muy importante en la celebración, ya que el obispo se dirigió a todos los sacerdotes, párrocos y coadjutores, para transmitirles sus directrices pastorales. También les pidió la renovación de sus votos y promesas sacerdotales. En la homilía, el obispo pidió a los sacerdotes que lleven su fe por todo el mundo, que den muestra de su entrega y transmitan alegría a sus fieles, especialmente en esta época tan problemática en la que la falta de fe y la rutina propician la apatía. Las cántaras de plata fueron portadas por dos presbíteros y sacadas con especial reverencia del interior de la sacristía, en el momento justo de la ceremonia. Van marcadas con unos revestimientos en color morado para el óleo de los enfermos; verde, para el de los catecúmenos y blanco para el santo crisma. En su interior llevan aceite puro de oliva, y en la cántara del Santo Crisma el obispo mezcla perfume de nardos, ya que es el óleo que se utilizará en las consagraciones de nuevos altares, de neófitos y sacerdotes. Finalizada la misa, tal y como es costumbre, cada párroco recogió una caja en la que iban tres botellas con los santos óleos, con el fin de llevarlos hasta sus localidades.
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