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Un remoto velero llamado Perdón |
| 03.04.12 - ANTONIO BOTÍAS | |||
Un río de túnicas magenta inundó la ciudad en el más castizo de los desfiles procesionales murcianos. El Señor del Malecón conjura en las calles las primeras nubes de la Semana Santa
Los estantes de la Soledad, únicos que visten túnicas negras en el cortejo del Perdón. :: VICENTE VICÉNS/AGM Cuentan los ancianos que es en ese instante cuando, en realidad, se organiza la procesión, mientras los devotos abarrotan la gran nave para honrar al Cristo, que es Dios quien desciende y se entrega a una multitud infinita. Una multitud apretada, como aquella que en los escalones del pretorio exigía la muerte del Justo y en Murcia clama por liberarlo. Que si en la Jerusalén bíblica Pilato vacilaba en lo alto de la escalera, en esa mañana del Lunes Santo huertano vuelan los nazarenos sobre los peldaños para alcanzar el madero. Que si en el Calvario clavaron el Inri de la burla, este barrio amanece empedrado de carteles con los nombres de las familias que reservan la acera para, a la tarde, presenciar la procesión. Los cofrades del Perdón alzaron ayer sus ojos al cielo en busca del sol, que velaban las nubes. Sobre todo, aquellos que se disponían a alzar con orgullo el nuevo trono Ángeles de la Pasión, espléndida obra de Hernández Navarro, digna de figurar al frente del antiguo cortejo. La amenaza de lluvia, un año más, hizo recordar que en Murcia, por Semana Santa, hasta la tormenta está convocada. La plaza de San Antolín se convierte, desde que concluye el besapié, en un hervidero de cofrades y vecinos que aguardan para ocupar las primeras filas de sillas de la carrera. Mañana de reencuentros, de pláticas nazarenas en los colmados del barrio obrero, de unir y venir de gentes que aguardan la salida del ancestral pendón del gremio de torcedores y tejedores de la seda, con cuatro siglos de Historia. Resuenan los ecos de la ancestral procesión del Cristo de los Azotes, allá por el siglo XVI. Y en San Antolín, en lo más alto de la cuesta de tablones que conecta el templo con la carrera, aparece Jesús en Getsemaní, el Prendimiento, Caifás, la Flagelación, el Encuentro, la Verónica, el Ascendimiento&hellip hasta que el tiempo se detiene porque el Perdón, después de un año de reclusión, tras doce meses de contemplar la inquietud de sus hermanos, vuelve a caminar por Murcia. Ya solo la Soledad, el último paso, será capaz de atrapar la admiración de los murcianos. Es imposible describir cómo la Semana Santa murciana se condensa en apenas unos minutos para desbordarse en una catarata de nazarenía huertana, en un río de túnicas magenta que señalan, como si de una cruz guía se tratara, al admirado trono titular de esta cofradía. Los carros bocina silencian su burla. Las bandas acallan sus lamentos de marcha pasionaria. Las varas de los mayordomos se alzan para no arañar el asfalto. Todo se detiene en la salida del Señor del Malecón. Mientras este trono no camine hacia el corazón de la ciudad no se inaugura la Semana Mayor. Por ello muchos contienen el aliento y en los balcones cuajados de fieles se impone el silencio. Incluso las nubes se detienen. Entonces sucede: un golpe seco del estante, el crujir de la tarima que se alza, el bamboleo de las flores y las lágrimas de cristal de las tulipas, los soles de luz que alumbran capuces magenta&hellip El Perdón está en la calle. Y la ciudad celebra el paso de este cortejo que atesora la esencia de una Semana Santa única. Cinco horas después, ya rendida la noche, retornará el desfile para volver a celebrar una especie de procesión inversa, tan emocionante como su salida. El Perdón, aunque sus estantes padezcan el delicioso calvario que les impuso la madera, acometerá la misma cuesta de un tirón, como antaño. Y, también como antaño, un griterío celebrará que San Antolín ha concluido la más bella y genuina catequesis de la Pasión.
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